Nunca dejará de sorprenderme la gran importancia que nos damos a nosotros mismos. Y digo esto, por la contumacia con que nos castigamos cada vez que nos equivocamos. Es como si nos creyésemos en el deber de estar a salvo del error, buscamos acertar como si en ello, las más de las veces, nos fuese la propia vida.
En un mundo rodeado de incertidumbre por todas partes, lo natural y apropiado es el error, no el acierto. Nada llega a ser realmente bueno si no es producto de una mejora de sucesivos errores. Con el acierto parece que ya está todo hecho, es esencialmente estático e invita al conformismo. El error, por el contrario, es acicate para la reflexión, y abre nuevas vías de mejora activa.
Todo lo que somos, hasta lo que nos conmueve o maravilla, es producto del error. El hombre, como tal, existe porque es el resultado de infinitos errores en la copia del ADN de sus antecesores biológicos. Desde la solitaria célula eucariota hasta el homo sapiens sapiens, media una extensa cadena de errores de la que somos su resultado. Un buen escritor dirá que aprendió a escribir tras mucho equivocarse y entre papeleras llenas. Tampoco imagino un buen científico cuya gran teoría no proceda de un descarte de errores que nunca parecían tener fin. Como curiosidad baste decir que muchos de los llamados grandes fortunas, confiesan que antes de lograr el éxito final, fracasaron una y otra vez; es decir, su éxito no fue más que el producto de sus anteriores errores.
El problema surge cuando no somos capaces de ver el error con al menos la misma naturalidad con que aceptamos lo que parece ser su contrario. A pesar de que todo cambia, no nos gusta que nada cambie. De hecho casi todo lo que son aspiraciones o deseos humanos van dirigidos a aminorar esa incertidumbre de lo cambiante en una lucha sin cuartel y a contracorriente …. Cuando lo necesario es que ese cambio se produzca, que se hagan visibles esos errores que nos puedan hacer mejores.
Pienso que lo que llamamos acierto no es eso que conocemos como tal, sino un error más pero de distinta magnitud por los efectos que causa en nosotros. El error que nos mejora es aquel que nos permite adaptarnos con eficacia a nuestro entorno. Y cuando digo entorno, me refiero a la vida que nos ha tocado vivir. Porque puede que algunos errores eficaces en un medio, no lo sean en otro distinto. Por lo que no existen errores tipo, sino errores muy particulares y para un entorno determinado.
Sin embargo, sucede muy a menudo que esos errores que mejoran vienen acompañados de sentimientos tales como la alegría interior, sensación de paz o de haber conseguido algo así como una meta. Semejante a coronar una cima definitivamente escalada. Bien está porque nos permite diferenciarlos de otros errores neutros o deletéreos. Pero aquí es donde corremos un gran peligro. Que siendo ya mejores, nos sobre y nos baste. Es como si la luz de lo ya conseguido actuase a modo de faro que nos deslumbre y nos haga aminorar o detener la marcha. Cuando, bien mirado, de lo que se trata es de seguir errando para seguir mejorando todas las veces que haga falta fieles a ese eterno retorno de Nietzsche.
Por tanto, errar o equivocarse, como ya tantas veces y de muchas formas se ha dicho, es una impagable oportunidad de mejorar. Conformarnos con lo ya conseguido, un grave riesgo de estancamiento.
A pesar de diseñar cohetes espaciales que además funcionen y nos lleven a la luna, quizás no seamos tan distintos a una medusa. Si ésta necesitó de muchos errores en su copia para llegar a ser lo que ahora es, un producto mejorado de sus antecesores; no nos extrañe que el ser humano siga necesitando de esos errores para mejorar en su adaptabilidad al medio. Tener consciencia nos ofrece una ventaja respecto a la medusa: capacidad de elegir qué hacemos con ese error. Pura responsabilidad como individuo que a veces nos aterra y supera.